Terrorismo y FAS: Un nuevo concepto de seguridad

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kilo009
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Terrorismo y FAS: Un nuevo concepto de seguridad

Mensaje por kilo009 » Sab Feb 10, 2007 2:37 pm

Bueno, copio íntegro un artículo de Ignacio Cosidó publicado en GEES, como artículo principal para debatir un buen tema.


Terrorismo y Fuerzas Armadas: un nuevo concepto de seguridad

España necesita una nueva doctrina y unos instrumentos transformados de seguridad para hacer frente a las graves amenazas que se ciernen sobre nuestra seguridad y sobre la paz mundial en este inicio de siglo. La nueva situación estratégica nos exige una visión clara de las amenazas, una determinación firme para afrontarlas y disponer de las capacidades necesarias para vencerlas. Nos jugamos en ello no sólo la tranquilidad de nuestros ciudadanos, sino la pervivencia de los valores democráticos en los que creemos.

El terrorismo, combinado con la proliferación de armas de destrucción masiva, constituyen hoy las principales amenazas a la seguridad y a la libertad de los españoles, de los europeos y de los ciudadanos de todo el mundo occidental. Como las masacres de Madrid o Nueva York han puesto nítidamente de manifiesto, la amenaza del terrorismo es una amenaza real y presente, no hipotética o futura. La política española de seguridad y defensa debe por tanto tener como objetivo fundamental la disuasión, prevención y neutralización de cualquier ataque terrorista contra nuestro territorio, nuestros ciudadanos o nuestros intereses.

La amenaza terrorista actual proviene tanto de grupos criminales trasnacionales como de estados delincuentes. En este sentido, los países democráticos debemos dotarnos de las capacidades necesarias para disuadir en primera instancia y combatir si fuera necesario aquellos regimenes totalitarios que utilizan el terrorismo como instrumento para alcanzar sus objetivos políticos o estratégicos. En segundo término, los países libres no podemos consentir que ningún estado ampare, apoye o de cobertura a ninguna organización o actividad terrorista, debiendo utilizar para prevenir esta conducta todos los medios necesarios, incluyendo en última instancia los militares, bajo un principio de proporcionalidad.

La lucha contra las redes terroristas trasnacionales exige una combinación de medios militares, policiales y de inteligencia. Estas redes aprovechan el proceso de globalización en marcha para operar tanto dentro como fuera de nuestras fronteras. Las nuevas organizaciones terroristas trasnacionales, a diferencia del terrorismo clásico, no se limitan a pretender un objetivo determinado, sino que buscan la destrucción de la civilización occidental en su conjunto. Esto hace que sus atentados no busquen sólo causar un efecto psicológico, sino que pretenden causar el mayor grado de destrucción y muerte posible.

Por su parte, la proliferación de armas de destrucción masiva no es sólo una amenaza en tanto que puedan ser adquiridas por grupos terroristas o transferidas a ellos por estados delincuentes. Estas armas son también una clara amenaza en manos de estados totalitarios que pretendan intimidar o chantajear a los estados democráticos para lograr su supervivencia, para agredir impunemente a sus vecinos o para hacer prevalecer sus intereses frente al resto de la comunidad internacional.

Los países democráticos debemos por tanto permanecer vigilantes para que estados totalitarios no se doten de armas nucleares, químicas o biológicas, ni de los vectores que, como los misiles de largo alcance, pueden proyectar esta amenaza sobre nuestros territorios. Para ello es necesario fortalecer tanto los instrumentos internacionales de control de armas, en particular los mecanismos de inspección, como potenciar la labor de inteligencia sobre estos países y, llegado el caso, sancionar e incluso intervenir militarmente en aquellos países que se hayan convertido en un riesgo grave e inminente para nuestra seguridad, la paz o la estabilidad internacional.

En tercer lugar, los estados fallidos constituyen también una amenaza para la seguridad de las sociedades democráticas. Así, el vacío dejado por la ausencia de un orden interior es ocupado por todo tipo de grupos criminales que expolian sus riquezas y hacen del tráfico de drogas, armas y seres humanos su principal fuente de ingresos. Esta situación suele degenerar además en la proliferación de conflictos entre bandas y clanes rivales que provocan a su vez éxodos masivos de población que en muchos casos terminan dirigiéndose hacia las fronteras de la Unión Europea. Las organizaciones criminales internacionales utilizan estos espacios de máxima impunidad para asentarse en estos territorios como base para sus operaciones. Todo ello se traduce inexorablemente en un aumento de la delincuencia organizada, del tráfico de drogas y de la inmigración ilegal en las sociedades europeas.

Es necesario dotarnos de las capacidades para poder actuar en estos países sin estado cuando la situación de caos no sólo amenace con provocar una catástrofe humanitaria en su población, sino que suponga además una repercusión sumamente negativa para la seguridad de nuestras sociedades. Estas capacidades tienen que ver no sólo con los medios militares imprescindibles para una actuación de emergencia, sino también con las capacidades civiles para la reconstrucción de un estado democrático y viable.

En cuarto lugar, la eclosión de conflictos regionales puede requerir también la actuación de nuestras Fuerzas Armadas, bien en operaciones de mantenimiento de la paz o bien en operaciones de imposición de la paz que exijan un uso intensivo de sus capacidades de combate. Estas intervenciones pueden ser necesarias cuando la proximidad del conflicto a nuestras fronteras puede implicar riesgos para nuestra seguridad, como ha sido el caso de los Balcanes en la década anterior, o bien cuando el potencial de escalada o expansión del conflicto haga conveniente una actuación previa, como puede ser una hipotética confrontación entre dos potencias nucleares o en una zona especialmente conflictiva.

Por el contrario, hoy podemos prácticamente descartar la posibilidad de un ataque a gran escala contra el territorio de la Unión Europea. No existe en la actualidad ningún país en el mundo con las capacidades y la voluntad necesarias para constituir una amenaza de invasión de nuestro territorio. Sin embargo, en el caso de España sí existe una reclamación territorial por parte de un tercer estado sobre las dos ciudades españolas situadas en el norte de África. Es más, la experiencia del reciente conflicto por el islote de Perejil demuestra con claridad, por un lado, que no es posible descartar la utilización de la fuerza para defender la soberanía sobre estos territorios frente a agresiones o ante la imposición de situaciones de hecho y, por otro, que nuestro país debe afrontar necesariamente una crisis de estas características de forma autónoma y con sus propias capacidades. España debe dotarse por tanto de los medios de disuasión y defensa necesarios para preservar su integridad territorial de forma soberana e independiente.

En cualquier caso, la práctica totalidad de las amenazas actuales a nuestra seguridad: el terrorismo, la proliferación de armas de destrucción masiva, los estados fallidos o los conflictos regionales, son a su vez amenazas compartidas con nuestros socios europeos y nuestros aliados atlánticos. Por tanto, la respuesta a estas amenazas debe ser necesariamente una respuesta común en el marco de la Unión Europea y la OTAN. La incipiente Política Europea de Seguridad y Defensa debe tener como máxima prioridad la lucha contra el terrorismo y la prevención de la proliferación de armas de destrucción masiva. Pero en la lucha contra el terrorismo global al que nos enfrentamos sólo podremos vencer sobre la base de una sólida alianza de todas las democracias. En esta línea, la Alianza Atlántica representa hoy el instrumento con más potencial para articular la respuesta necesaria a la amenaza terrorista. En estos momentos resulta esencial por tanto fortalecer el vínculo trasatlántico entre Europa y los Estados Unidos para hacer frente de forma eficaz a estas graves amenazas comunes.

Capacidades europeas para una OTAN reforzada
Europa carece de las capacidades militares necesarias para poder hacer frente a las nuevas amenazas a las que nos enfrentamos. Es más, el desfase entre las crecientes capacidades de Estados Unidos y los insuficientes medios militares europeos hacen cada vez más difícil que nuestros ejércitos puedan operar conjuntamente con los norteamericanos en operaciones de combate. Así, la incapacidad europea está socavando gravemente la cohesión de la Alianza Atlántica y convirtiendo a nuestros países en actores estratégicos irrelevantes.

Esta incapacidad militar europea tiene tanto que ver con el escaso esfuerzo en defensa que realizan los países de la Unión como con la ausencia de una verdadera política común de defensa. Así, el conjunto de los países de la Unión Europea gastamos menos de un tercio de lo que invierten los Estados Unidos en defensa, pero las capacidades reales es muy posible que ni siquiera lleguen a una décima parte de las que disponen los norteamericanos. La dispersión de los escasos recursos disponibles y la duplicidad constante de capacidades hace que la eficacia del gasto militar europeo sea muy inferior al norteamericano. Por poner sólo un ejemplo, los miembros de la Unión Europea disponemos en conjunto de unas Fuerzas Armadas de más de dos millones de efectivos, sin embargo, es dudoso que tengamos capacidad para desplegar fuera de nuestro territorio más de 80 mil soldados.

En el escenario actual de estancamiento económico será difícil que Europa pueda incrementar de forma significativa sus presupuestos de defensa en los próximos años. La única opción para aumentar nuestras capacidades reside por tanto en generar una política de defensa común que permita armonizar requerimientos, racionalizar la estructura de fuerzas, especializar los países en la adquisición de las nuevas capacidades necesarias, aumentar el valor final de nuestros escasos presupuestos y abordar un proceso conjunto de transformación de nuestras fuerzas armadas.

En todo caso, sería un grave error planificar la incipiente defensa europea sobre la base de desarrollar una capacidad independiente de actuación. Esta no sólo es una opción utópica a corto y medio plazo, sino que puede resultar contraproducente para mantener la cohesión de una Alianza Atlántica, que a pesar de la grave crisis que atravesó durante la crisis de Iraq, se ha vuelto aún más necesaria a la luz de las amenazas a las que hoy nos enfrentamos. Bien al contrario, el objetivo fundamental del plan de capacidades europeas debe ser convertir a la Unión en un aliado relevante y valioso en el marco de la Alianza Atlántica.

La OTAN, sin embargo, debe seguir adaptándose a la nueva situación estratégica. Así, tras el último proceso de ampliación no sería descartable la incorporación en el futuro de países democráticos más allá del área geográfica del Atlántico Norte, de forma que pueda terminar convirtiéndose en el futuro en una gran alianza de las democracias con la que poder hacer frente de manera efectiva a las nuevas amenazas. Por otro lado, la organización debe continuar la reforma de su estructura militar para hacerla más ágil y eficaz en operaciones que de forma creciente se desarrollarán en escenarios muy alejados del territorio de sus miembros.

En segundo término, la OTAN deberá desarrollar progresivamente una doctrina y unas capacidades para la seguridad muy alejada de los conceptos clásicos de defensa territorial que la Alianza desarrolló durante la Guerra Fría. Así, es preciso convertir a la OTAN en un instrumento privilegiado para compartir inteligencia entre los aliados, potenciar la seguridad de las redes cibernéticas globales o hacer frente común en la protección de las fronteras de sus miembros frente al tráfico de drogas o seres humanos, por poner sólo algunos ejemplos.

Por último, la Alianza Atlántica debe desarrollar medios de defensa comunes en aquellos sistemas que por su complejidad tecnológica, su coste económico o sus implicaciones estratégicas hagan necesario o aconsejable desarrollarlos y adquirirlos de forma compartida. En este sentido, parece conveniente que la OTAN desarrolle un sistema común de defensa antimisiles para seguir garantizando la seguridad de nuestras sociedades incluso ante la emergencia de nuevos estados nucleares como Corea del Norte o Irán.

España debe por tanto realizar una contribución más significativa a las capacidades militares de la Unión Europea y debe seguir implicándose a fondo en el nacimiento de una política europea de defensa. Sin embargo, la dimensión económica y estratégica de España como quinta potencia europea, así como la persistencia de una amenaza territorial no compartida, hacen aconsejable que las fuerzas armadas españolas no renuncien a ninguna capacidad esencial en el marco del necesario proceso de especialización militar europea.

Nuestro país debe continuar a su vez defendiendo el vínculo atlántico como el factor esencial para seguir garantizando en el futuro la defensa y la seguridad de Europa. En este sentido, España tiene que seguir apoyando la expansión de la Alianza a nuevas democracias, la transformación de sus estructuras y la ampliación de sus objetivos y capacidades, especialmente en el campo de la seguridad interior, hasta convertir a la OTAN en la gran alianza en la lucha común contra el terror.

Por último, nuestro país no debe renunciar a consolidar una relación bilateral privilegiada con los Estados Unidos. Las últimas grandes operaciones militares se han desarrollado en el marco de coaliciones específicas lideradas por Estados Unidos. Nuestra relación bilateral con Norteamérica debe potenciar a España como un aliado fiable en cualquiera de estas coaliciones en las que políticamente se decida participar. La relación militar bilateral debería centrarse por tanto en la adquisición de las capacidades, la transferencia de tecnologías y la realización de los ejercicios conjuntos necesarios para asegurar la plena interoperatividad de las fuerzas armadas españolas con las estadounidenses.

En todo caso, es necesario insistir en la conveniencia de mantener, ante el complejo panorama estratégico actual, unas mínimas capacidades nacionales de actuación autónoma en materia de defensa.

Una nueva doctrina de seguridad nacional
España había adquirido en los últimos ocho años un creciente protagonismo internacional. Nuestro país se había convertido así en un actor más relevante dentro de una Unión Europea ampliada hacia el Este, había multiplicado sus inversiones y su influencia política en Iberoamérica, estaba jugando un papel creciente en el Mediterráneo y se planteaba una mayor presencia diplomática y económica en Asia. Hoy todos estos logros han sido dilapidados por un Gobierno socialista que ha destruido en menos de ocho meses todo lo logrado en ocho años.

Persiste, en todo caso, un enorme desfase entre el actual peso político, social y económico de nuestro país y unas capacidades militares que continúan siendo muy limitadas y escasas. España debe aspirar en el futuro, por tanto, a tener unas fuerzas armadas de la dimensión y calidad acordes a nuestro nuevo potencial internacional.

En segundo lugar, la situación estratégica actual se caracteriza por la emergencia de nuevas amenazas que afectan a nuestro propio territorio, como el terrorismo, la inmigración ilegal o el crimen organizado. Este conjunto de amenazas es además potencialmente más peligroso en la medida en que están claramente interrelacionadas. Así, es posible detectar una creciente cooperación entre grupos terroristas y diversos grupos criminales organizados, así como entre el tráfico de drogas o armas y el tráfico de seres humanos.

Este tipo de amenaza contra nuestro territorio exige desarrollar una nueva estrategia de seguridad interior muy diferente al concepto tradicional de defensa territorial que había prevalecido durante la Guerra Fría. Los tres elementos prioritarios de esta estrategia deben ser la protección de las fronteras, la seguridad del nuevo espacio cibernético y el fortalecimiento de la inteligencia interior. Implementar esta nueva estrategia de seguridad interior sólo será posible mediante una adecuada coordinación del conjunto de los instrumentos de seguridad de los que dispone el Estado: fuerzas armadas, fuerzas de seguridad y servicios de inteligencia.

Por otro lado, estas amenazas contra nuestra seguridad interior tienen en muchos casos su origen en escenarios muy alejados de nuestras fronteras. Esta realidad nos exige una capacidad de llevar a cabo acciones militares contundentes en territorios muy distantes. Así, en el nuevo escenario estratégico es preciso dotar a nuestras fuerzas armadas de una capacidad de combate decisiva tanto para contribuir a eliminar bases o grupos terroristas en cualquier lugar del mundo como para cooperar en la derrota de aquellos regímenes que supongan una amenaza grave contra nuestra seguridad o la paz mundial.

La amenaza terrorista actual exige además un cambio de doctrina en nuestra concepción de la seguridad. Nuestra doctrina de seguridad exterior ha estado basada hasta en un principio de legítima defensa, según el cual sólo es posible una respuesta armada cuando previamente se ha producido una agresión. Por su parte, las fuerzas de seguridad sólo pueden actuar ante la comisión de un delito o ante la inminencia del mismo. Sin embargo, la amenaza de un atentado con armamento nuclear, biológico o químico, que pudiera causar miles e incluso millones de victimas exige una revisión de ambos principios.

En esta nueva situación, los países democráticos no pueden esperar complacientemente a que los terroristas golpeen de nuevo para actuar. Las fuerzas de seguridad no pueden limitarse a poner a disposición de los jueces a los autores de un atentado que ha costado cientos de victimas. Sus fuerzas armadas no deben esperar a actuar contra un estado terrorista o que ampara a una organización terrorista a que hayan atacado nuestro territorio. Por el contrario, como señala el documento aprobado en el Consejo Europeo de Salónica el pasado mes de julio, “debemos estar preparados para actuar antes de que se produzca una crisis”, desarrollando una estrategia que permita una “intervención temprana, rápida y, en caso necesario, contundente”.

Por otro lado, es preciso desarrollar una nueva doctrina de la disuasión frente al terrorismo. La naturaleza no estatal de las organizaciones terroristas ha quebrado el concepto tradicional de disuasión militar, al ser mucho más difícil identificar el objetivo de la represalia en caso de un ataque. Por otro lado, el carácter suicida de la mayoría de estos nuevos terroristas invalida también la posible disuasión que el cumplimento de una pena llevan consigo nuestros ordenamientos jurídicos. Por ello es necesario generar un nuevo tipo de disuasión política del terrorismo.

Los demócratas hemos considerado siempre que el fin no justifica nunca los medios. Por esta razón siempre hemos defendido que no hay ninguna causa que pueda justificar el terrorismo. Pero este principio no es ya suficiente. El terrorismo debe pagar un precio político si quiere ser disuadido. Así, no es sólo que la causa no legitime el medio, sino que el medio -el terrorismo- es el que deslegitima la causa, de forma que no puede haber negociación ni concesión política alguna mientras persista esta forma de violencia. No podemos dar a ninguna organización terrorista la ventaja de estar simultáneamente en la negociación política y en la actividad criminal.

En tercer lugar, la lucha contra el terrorismo debe ser global. No basta con perseguir a los elementos armados que cometen atentados. Es preciso desvelar el entramado de organizaciones políticas, sociales, financieras, mediáticas o culturales que de cualquier modo apoyan, amparan, justifican o dan cobertura a los terroristas. Todas ellas deben ser perseguidas y desmanteladas.

La transformación de las Fuerzas Armadas
Hacer frente a esta nueva situación estratégica y a las misiones descritas exigirá una profunda transformación de nuestras fuerzas armadas. Así, los ejércitos deberán desarrollar unas capacidades de combate, proyección, integración, protección, movilidad, precisión, sostenimiento y polivalencia de las que carecen en buena medida en estos momentos. Adquirir estas capacidades exigirá a su vez una profunda reforma de la organización militar, un fuerte impulso tecnológico y una política de recursos humanos extraordinariamente innovadora.

Las fuerzas armadas españolas deberán pasar así de ser un instrumento sólo útil para desarrollar misiones de paz o de ayuda humanitaria en escenarios no muy alejados de nuestras fronteras a convertirse en una fuerza de combate capaz de proyectarse de forma rápida a cualquier lugar del mundo junto a otros ejércitos aliados. En este nuevo escenario, las misiones de estabilización o de seguridad post-conflicto deberán ser asumidas progresivamente por la Guardia Civil, un Cuerpo cuyas capacidades se adaptan mucho mejor a este tipo de tareas, bajo la cobertura y el apoyo logístico de las Fuerzas Armadas.

La capacidad esencial de la que debemos dotar a las Fuerzas Armadas españolas del futuro es la de enfrentarse a cualquier enemigo, convencional o asimétrico, en cualquier lugar del mundo y de forma combinada con los ejércitos de nuestros aliados, hasta derrotarlo. Sin embargo, esta capacidad decisiva debe complementarse con otras necesidades como la autoprotección o la minimización de daños colaterales que resultan cruciales para el éxito estratégico de cualquier iniciativa.

Combate decisivo
Una capacidad de combate decisiva se basa en la habilidad para destruir cualquier objetivo fijo o móvil enemigo de forma inmediata y contundente, en la neutralización temprana de los sistemas de comunicación, mando y vigilancia del adversario y en la aniquilación de cualquier capacidad de combate del contendiente. Para ello se requieren armas de un gran poder destructivo y la integración en tiempo real de los sistemas de detección y selección de blancos con los medios de ataque oportunos.

Proyección
Esta capacidad de combate debe ser proyectable además a cualquier lugar del mundo en el más breve plazo posible –semanas en lugar de meses-. Para ello es imprescindible aligerar y modular la fuerza de forma que sea más fácilmente proyectable y contar con los medios de transporte estratégico navales y aéreos necesarios. Esta capacidad de proyección debe incluir escenarios en los que se carezca de cualquier tipo de infraestructura base –puertos, aeropuertos, ferrocarriles o carreteras-, así como hacerlo en ambientes hostiles. En el caso del poder aéreo es esencial para lograr una mayor proyección tanto el aumento del radio de acción de los aviones de combate, de forma que puedan operar en escenarios cada vez más lejanos partiendo de sus propias bases, como incrementar las capacidades de repostaje en vuelo.

Sostenabilidad
Esta fuerza de combate proyectable debe tener además la capacidad para sostenerse sobre el terreno durante un periodo largo de tiempo. Esto requiere tanto la reducción de los requerimientos logísticos de las unidades de combate como la disponibilidad de los medios de transporte y apoyo necesarios para poder sostener el rápido avance de las unidades en todo momento.

Autoprotección
La capacidad de autoprotección es un elemento esencial para lograr la victoria, al mantener intactas nuestras capacidades de combate y aumentar al moral de las propias tropas. Las sociedades democráticas son además particularmente sensibles a las posibilidades de que sus fuerzas sufran bajas durante las operaciones de combate. Por todo ello resulta vital garantizar el máximo grado de invulnerabilidad posible a nuestras tropas. Esta capacidad no sólo incluye la mejora de los tradicionales sistemas de protección colectiva –blindados- e individuales –equipo personal-, sino que tiene mucho que ver con las medidas electrónicas necesarias para hacer indetectables nuestras unidades.

Una forma muy eficaz de evitar la posibilidad de bajas propias es la creciente utilización de sistemas no tripulados tanto para el reconocimiento como incluso para acciones de combate directo. Una segunda forma es disminuir la fricción con el enemigo, tratando de establecer combate desde más allá del alcance de sus armas. Esto implica dotarse de sistemas que permitan identificar y destruir los objetivos desde una distancia cada vez mayor.

Por último, esta protección debe incluir los medios necesarios para operar en ambientes nucleares, químicos o biológicos, así como la protección contra misiles balísticos en el teatro de operaciones.

Precisión
A la exigencia del menor número posible de bajas propias hemos de añadir el requisito moral y social de limitar al máximo posible la posibilidad de causar victimas entre al población civil, así como de causar los menores daños posibles sobre al infraestructura o el sistema económico del país en el que se desarrolla el conflicto, de forma que sea posteriormente más fácil su reconstrucción. Esta exigencia implica disponer de sistemas de armas guiadas de cada vez mayor precisión.

Movilidad
La movilidad de las fuerzas de combate se ha demostrado además de un factor importante para garantizar la autoprotección en un elemento esencial para lograr la victoria, al permitir mantener en todo momento la iniciativa táctica sobre el enemigo. Esto requiere tanto una creciente velocidad de los sistemas de combate como una cadena logística capaz de avituallar a estas unidades en cualquier punto en el que se encuentren.

Transparencia
Mantener una visión clara y completa del conjunto del campo de batalla es otro requerimiento básico. Así, los ejércitos deben contar con los sistemas de detección y visión en las plataformas necesarias para garantizar el conocimiento exacto del curso de las operaciones en todo momento. La información obtenida por los sensores debe ser además integrada, procesada y analizada en términos reales para garantizar una adopción de órdenes eficaz y oportuna.

Integración
Todos nuestros elementos de combate y apoyo deben estar integrados a través de una red de comunicación e información de gran capacidad, formando un sistema integrado que les permita actuar como un todo. Esto exige unas capacidades de planificación y mando conjunto que articule todas las capacidades disponibles en cada momento.

Polivalencia
Las unidades deben tener la capacidad de actuar en cualquier clima y con cualquier orografía, reuniendo de la forma más completa posible todas las capacidades de combate y logísticas necesarias para enfrentarse a cualquier enemigo o amenaza potencial. Esto implica incorporar a cada unidad de combate los elementos de apoyo necesarios para su sostenimiento en el teatro de operaciones.

Especialización
El carácter polivalente de las unidades de combate debe combinarse con la disponibilidad de combatientes o unidades que más allá de los requerimientos generales estén especializados en una capacidad muy específica ya sea en materia de idiomas, el dominio de una determinada tecnología o sistema o la habilidad en una forma de combate específica En este sentido todo el personal tenderá a una creciente especialización.

Modularidad
Las fuerzas deben tenar una gran capacidad de modular su entidad para desarrollar una misión específica, permitiendo la posibilidad de despliegue desde una división terrestre, un grupo aeronaval de combate o un ala de caza hasta un pelotón, un solo buque o un solo avión. Estas unidades deberán disponer a su vez, en caso de que sea necesario, de los elementos de apoyo necesarios para desplegarse en el teatro de operaciones.

Muchas de estas capacidades serán difícilmente alcanzables por España de forma autónoma incluso a medio o largo plazo, pero el objetivo debe ser que nuestras fuerzas armadas puedan al menos integrarse en fuerzas multinacionales –ya sea en el marco de la UE, la OTAN o coaliciones específicas- de forma que puedan acceder a ellas de forma colectiva.

De la modernización a la transformación
El gran esfuerzo realizado en los últimos años, especialmente a través de los programas financiados a través del Ministerio de Ciencia y Tecnología o del actual Ministerio de Industria, hacen que las fuerzas armadas españolas cuenten o vayan a adquirir una panoplia de sistemas entre los más modernos y capaces de los ejércitos europeos. Así, la adquisición de los aviones de combate EF-2000, los aviones de transporte A-400M, las fragatas F-100, los submarinos S-80, el nuevo buque de proyección estratégica, el carro de combate Leopardo, el vehículo de combate Pizarro y los helicópteros de ataque Tigre, junto a otro buen número de programas menores, consolidarán unas Fuerzas Armadas sumamente modernizadas en su material.

Sin embargo, estas fuerzas armadas modernizadas servirán para poco sino asumen simultáneamente el reto de la transformación que supone la revolución de los asuntos militares en marcha. Así, es imprescindible realizar un esfuerzo suplementario en la mejora de nuestras capacidades de mando, control, comunicaciones, inteligencia, guerra electrónica, vigilancia, observación y reconocimiento. Esto implica tanto la adquisición de nuevos sensores –radares, láseres y sistemas de visión todo tiempo- como de nuevas plataformas sobre los que operar –satélites, vehículos no tripulados-. Toda la información captada por estos sensores deberá además ser transferida en tiempo real a través de redes de alta capacidad a centros de mando donde existan sistemas capaces de integrar y analizar volúmenes ingentes de información. Estos sistemas deberán facilitar además al mando no solo la inteligencia sino la asistencia en la toma de las decisiones correctas, lo que implica sistemas inteligentes cada vez más complejos. Por otro lado, será necesario a su vez dotar a las nuevas plataformas en curso de sistemas de armas cada vez más precisos y capaces de alcanzar sus objetivos a mayor distancia, como misiles o munición “inteligente”.

Algunos de estos nuevos sistemas no serán abordables para un país como el nuestro, por lo que deberemos embarcarnos en ambiciosos programas internacionales tanto en el marco de la Unión Europea como de la OTAN. Este será el caso de la defensa estratégica antimisiles, los nuevos aviones de vigilancia y control aéreo, los satélites de observación o sistemas de mando y control multinacionales. En todo caso, lo esencial para España es no perder la capacidad tecnológica para que sus fuerzas armadas puedan ínter operar con los ejércitos europeos más avanzados o con Estados Unidos.

Un tercer elemento es la necesidad de externalizar el sostenimiento de estos sistemas de armas. Hoy las Fuerzas Armadas emplean un gran esfuerzo de personal e infraestructuras en los centros de mantenimiento de armas de los tres ejércitos. El objetivo sería transferir esa responsabilidad al sector privado, de forma que las industrias de defensa se encargaran de proporcionar el apoyo integral a los sistemas de defensa durante todo el período de vida operativa. Los ejércitos se limitarían así a realizar aquellas tareas de mantenimiento básico que realizan las propias unidades de combate.

La transformación de nuestras fuerzas armadas debe ser simultánea al desarrollo y potenciación de nuestra base industrial de defensa. Una industria de defensa dinámica y capaz no es sólo un requisito esencial para garantizar una mínima autonomía estratégica, sino que puede ser además un sector que contribuya al crecimiento económico, la generación de empleo, la mejora de las exportaciones y, de forma aún más determinante, el desarrollo y la innovación tecnológica de nuestro país. En este sentido, la industria de defensa española no debe sólo seguir participando activamente en el proceso de consolidación del sector en Europa, sino que debe impulsar una creciente cooperación trasatlántica.

Un modelo de carrera profesional
Los recursos humanos, aún en mayor medida que los materiales o los tecnológicos, son el factor decisivo para lograr las capacidades militares que nos exige la actual coyuntura estratégica. España culminó en el año 2000 un difícil proceso de plena profesionalización de la tropa. El tiempo ha demostrado que esta era una reforma imprescindible para poder hacer frente a los nuevos desafíos que se presentan a nuestras fuerzas armadas en el siglo XXI. Sin embargo, ahora necesitamos no solo incrementar el número de efectivos de tropa disponibles, sino mejorar aún más la calidad de todos nuestros recursos humanos.

El reto es transformar nuestro actual modelo de servicio militar voluntario en un ejército verdaderamente profesional. Para ello es necesario diseñar una carrera profesional dentro de las fuerzas armadas para todo su personal. La prioridad no debe ser tanto captar muchos reclutas, sino lograr que soldados bien formados y adiestrados permanezcan en el servicio durante largos períodos de tiempo. Para el desarrollo de esta carrera lo más importante es dar estabilidad profesional. Así, es preciso antes que nada establecer un tiempo mínimo de servicio activo y en reserva a partir del cual un soldado profesional tendría derecho a cobrar una pensión de retiro.

En segundo término, es preciso potenciar los mecanismos de promoción interna. Así, no sólo se accedería por promoción desde la tropa profesional a la escala de suboficial, como ocurre actualmente, sino también a la escala de oficiales desde la de suboficiales. Incluso en la de Oficiales Superiores debería reservarse un porcentaje mayor a la promoción interna.

Por otro lado, es precisa también una promoción horizontal a través de la especialización, de forma que el soldado o marinero ingrese como combatiente básico y pueda después, a través de una adecuada enseñanza de especialización, acceder a puestos de trabajo más complejos y mejor retribuidos. Sería necesaria también una mayor flexibilidad en la gestión del personal que permitiera mayor movilidad funcional y geográfica de los recursos humanos.

En tercer lugar, es imprescindible mejorar la formación y el adiestramiento de la tropa. Así, es preciso realizar un gran esfuerzo no sólo en la enseñanza de formación, sino también en la de perfeccionamiento. El adiestramiento permanente de las unidades es además la única forma de lograr soldados verdaderamente preparados para el combate. La formación de especialización debe ser compatible en la medida de lo posible con la formación civil, de forma que permita a la tropa encontrar con facilidad un puesto de trabajo cuando deje las fuerzas armadas.

En determinadas áreas como sanidad, pilotos o determinados puestos de apoyo logístico, podría establecerse un sistema de reservas que permitiera incrementar esas capacidades de forma rápida en caso de conflicto. Por último, es necesario mejorar el “ambiente” en las unidades militares mediante una revisión de la normativa de régimen interior, el impulso de un nuevo estilo de mando basado en el liderazgo y el trabajo en equipo y la revisión del concepto de lo militar a la luz de los nuevos conflictos en los que participarán las Fuerzas Armadas. En este sentido, es importante también un mayor esfuerzo en la acción social y en los mecanismos de comunicación interna.

La proyección estratégica de la Guardia Civil
La Guardia Civil, como cuerpo de seguridad de naturaleza militar, tiene una doble función. Por un lado, es un instrumento privilegiado para implementar una estrategia de seguridad interior a la luz de las nuevas amenazas a las que nos enfrentamos. Por otro, está especialmente capacitada por su formación, adiestramiento y experiencia, para poder realizar misiones de mantenimiento de la paz, seguridad o estabilización de áreas en situaciones post-conflicto, haciendo además de elemento de transición desde una situación bélica a una situación de paz. Así, este Cuerpo ha realizado con gran éxito en los últimos diez años misiones de este tipo en más de veinte países y es permanente demandado, por su gran capacidad y profesionalidad, por el resto de nuestros aliados.

El principal problema es que las funciones de seguridad interior que realiza la Guardia Civil dentro de nuestras fronteras hacen muy difícil poder disponer de contingentes significativos de guardias civiles para este tipo de misiones internacionales. Por ello sería necesario constituir una reserva de Grupos de Seguridad especializados en misiones antiterroristas, control de masas, protección, idiomas, derecho internacional y control de movimientos.

Esta reserva podría tener una entidad suficiente para permitir el despliegue de al menos mil efectivos en el exterior, capaces de asumir este tipo de misiones de paz de menor intensidad contando con el apoyo logístico y la cobertura necesaria de las Fuerzas Armadas. Estas unidades serían además polivalentes pudiendo actuar tanto fuera como dentro de nuestras fronteras en caso de crisis o necesidad, por lo que constituirán una reserva estratégica que resulta a su vez imprescindible para atender cualquier contingencia extraordinaria de seguridad en nuestro propio territorio.

Potenciar la inteligencia
Una adecuada coordinación de la comunidad de inteligencia posibilitaría una mayor especialización de funciones, lo que permitiría a su vez al CNI centrarse con mayor intensidad en el ámbito exterior. La necesidad de potenciar este servicio es doble. En primer lugar, en la lucha contra el terrorismo los servicios de inteligencia deben ser el instrumento prioritario. En segundo término, la defensa de los intereses de España requiere necesariamente aumentar nuestra capacidad de inteligencia exterior.

Por otro lado, en esta nueva situación estratégica los servicios de inteligencia no pueden limitarse a la mera obtención de información, sino que deben ser particularmente activos, especialmente en las áreas de conflicto. Así, una intensa presencia de agentes de inteligencia en las operaciones en las que participen fuerzas españolas resultará un requisito fundamental en el futuro. Esta presencia debe ser adecuadamente coordinada con los mandos militares sobre el terreno.

Conclusión
Hacer frente a las nuevas amenazas emergentes, muy en especial al terrorismo combinado con la proliferación de armas de destrucción masiva, exigirá una rápida transformación de nuestros instrumentos de seguridad. Esta transformación no debe abarcar sólo a las fuerzas armadas sino también a las fuerzas de seguridad y a los servicios de inteligencia. Es preciso además poder ofrecer una respuesta más integrada de todos ellos a estas amenazas.

Hacer frente a estas amenazas comunes a todas las democracias debe ser también una tarea conjunta. En este sentido, España debe impulsar decididamente una política de seguridad y defensa de la Unión Europea, que incluya un proceso de racionalización de las actuales capacidades nacionales. Sin embargo, el objetivo principal de esta defensa europea no debe ser tanto dotarse de una capacidad independiente como poder contribuir más eficazmente en el seno de la Alianza Atlántica a la guerra global contra el terrorismo.

En el caso español, es necesario generar una nueva doctrina de seguridad nacional basada en los principios de equilibrio de nuestras capacidades militares a la verdadera dimensión estratégica de nuestro país, reconceptualización de la seguridad interior, anticipación estratégica, defensa avanzada y disuasión política del terrorismo.

La transformación de nuestras Fuerzas Armadas debe tener como objetivo fundamental dotar a nuestros ejércitos de una capacidad real de combate más allá de las actuales misiones de paz. Esta transformación pasa por una reforma profunda de su organización que permita aligerar sus estructuras burocráticas y liberar recursos para las unidades operativas; un impulso de la modernización, especialmente en el campo del mando, control, comunicaciones, inteligencia, sensores, vehículos no tripulados y armas guiadas; y, por último, la transición desde un ejército de tropa voluntaria a un verdadero ejército profesional.

Finalmente, la Guardia Civil debe disponer de una reserva suficiente para poder asumir, en colaboración con las fuerzas armadas, las misiones de mantenimiento de la paz, especialmente aquellas de seguridad o estabilización en áreas post-conflicto. Esta reserva estratégica de guardias civiles resulta además imprescindible para afrontar contingencias extraordinarias en nuestro propio territorio. Es necesaria a su vez una potenciación de nuestro servicio de inteligencia exterior para dotarlo de una verdadera capacidad operativa en los escenarios de conflicto.
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Mensaje por kilo009 » Sab Feb 10, 2007 2:48 pm

Sobre el papel de la Guardia Civil y los medios de inteligencia y mejora de nuestras capacidades de mando, control, comunicaciones, inteligencia, guerra electrónica, vigilancia, observación y reconocimiento, totalmente de acuerdo.

Por cierto, cuando habla de la Inteligencia y se refiere al CNI, ¿no querrá dejar la puntilla de OE's dentro de su estructura verdad? :wink:
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Re: Terrorismo y FAS: Un nuevo concepto de seguridad

Mensaje por kilo009 » Vie Feb 26, 2010 2:19 pm

Una muy buena decisión adoptada hoy en Consejo de Ministros. Hay que esperar que llegue el texto exacto porque creo que el artículo tiene algunas incorrecciones:

Supongo:

-Agente de la Autoridad - Trabajos antiterroristas.
-Autoridad - Tras un atentado.
-Acompañado de un GC o de un agente del CNP

Los militares tendrán rango de autoridad en tareas antiterroristas

El Gobierno aprueba hoy el decreto sobre seguridad en las Fuerzas Armadas
MIGUEL GONZÁLEZ - Palma de Mallorca - 26/02/2010

Los militares que participen en operaciones de vigilancia y protección, en apoyo a las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, como consecuencia de atentados terroristas u otros actos ilícitos y violentos tendrán la consideración de agentes de la autoridad, lo que significa que los ciudadanos estarán obligados a seguir sus instrucciones y que se castigará con especial rigor a quienes les desobedezcan, se resistan a sus mandatos o les agredan verbal o físicamente. Así lo dispone el Real Decreto sobre seguridad en las Fuerzas Armadas que hoy tiene previsto aprobar el Consejo de Ministros, a propuesta de la titular de Defensa, Carme Chacón.

Esta norma viene a subsanar la falta de protección legal de los miembros de las Fuerzas Armadas que participan en operaciones de vigilancia de infraestructuras esenciales, como estaciones de tren o centrales eléctricas, cuando se ponen en marcha las operaciones de alerta por riesgo de atentado terrorista. En la práctica, no podían dar órdenes a civiles o pedirles que se identificaran, por lo que siempre debían actuar acompañados por la Guardia Civil.

El decreto desarrolla la Ley de la Carrera Militar de 2007, que ya atribuía la condición de agentes de la autoridad a los miembros de la Unidad Militar de Emergencias (UME), especializada en la lucha contra incendios forestales y catástrofes naturales o provocadas, y a los agentes de la Policía Militar, Naval y Aérea. La novedad es que se amplía tal condición a todos los miembros de las Fuerzas Armadas que intervengan ante cualquier tipo de calamidad, a los que participen en operaciones de protección antiterrorista y también a las dotaciones de la Armada que realicen funciones de "vigilancia y seguridad marítima".

Identificación visible
Los militares sólo podrán desarrollar estas tareas "en ejecución de decisiones tomadas por la autoridad con competencia para ello" y deberán llevar "una identificación fácilmente visible en el uniforme que les acredite como agentes de la autoridad". Además, recibirán "la formación y preparación adecuadas", dentro de los planes de formación militar, "con el fin de que conozcan sus obligaciones y derechos".

El decreto, que regula los planes de seguridad de las instalaciones militares, la participación de empresas privadas en su custodia, la organización de las guardias o el estatuto del centinela, señala que a la hora de planificar los turnos de vigilancia se intentarán atender las medidas de conciliación de la vida laboral y familiar, "especialmente las de maternidad" y que, en caso de que exista una amenaza, se "podrá hacer uso gradual y proporcionado del arma, procurando causar la menor lesividad posible".
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Re: Terrorismo y FAS: Un nuevo concepto de seguridad

Mensaje por kilo009 » Vie Feb 26, 2010 8:34 pm

El texto del Consejo de Ministros:

Guardias de seguridad

Respecto a las guardias de seguridad, el Real Decreto contempla aspectos tradicionales de la organización de las guardias de seguridad y mantiene la figura del centinela, restringiendo su existencia a los lugares donde el grado de seguridad debe ser máximo. Asimismo se establecen normas estrictas en el uso del arma. Por otra parte, generaliza la figura del vigilante, de carácter militar, como elemento cada vez más habitual en las guardias de seguridad.


A través del Real Decreto se da la necesaria protección jurídica a los componentes de la guardia de seguridad, ya que actuarán durante la ejecución del servicio como policías militares, llevando durante el servicio la identificación de dichas policías militares sobre el uniforme, y por tanto serán, sin perjuicio de su carácter de fuerza armada cuando proceda, agentes de la autoridad. http://www.la-moncloa.es/ConsejodeMinis ... #Seguridad
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Re: Terrorismo y FAS: Un nuevo concepto de seguridad

Mensaje por pagano » Mié Abr 25, 2012 9:17 pm

Manual de Contrainsurgencia del ejército británico (documento de 2009) http://news.bbc.co.uk/2/shared/bsp/hi/p ... manual.pdf

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Re: Terrorismo y FAS: Un nuevo concepto de seguridad

Mensaje por pagano » Mié Jun 19, 2013 9:15 am

Manual del DEPARTAMENTO DE JUSTICIA norteamericano (para FBI y otras agencias federales) de 2011 sobre protocolos de investigación de atentados de riesgo NRBQ (año 2011) http://www.fbi.gov/about-us/investigate ... n-handbook

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pcaspeq
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Re: Terrorismo y FAS: Un nuevo concepto de seguridad

Mensaje por pcaspeq » Mié Jun 19, 2013 12:03 pm

pagano escribió:Manual del DEPARTAMENTO DE JUSTICIA norteamericano (para FBI y otras agencias federales) de 2011 sobre protocolos de investigación de atentados de riesgo NRBQ (año 2011) http://www.fbi.gov/about-us/investigate ... n-handbook


Muy buen aporte!!

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