Publicado: 10 Jun 2007 22:53
YO HE SIDO ESPÍA EN AL QAEDA
Número: 1024
Del 10 al 16 de junio del 2007
http://www.xlsemanal.com/web/articulo.p ... icion=2127
Omar Nasiri pasó siete años infiltrado en las redes del terrorismo islamista. En Afganistán conoció a los lugartenientes de Bin Laden, en Bruselas delató a la cúpula europea del GIA y en Londres vigiló a los líderes espirituales de Al Qaeda. Ahora ha decidido contar su historia, la de un espía en el corazón de la `yihad´.
Me llamo Omar Nasiri. Soy marroquí. Nací en 1967. Soy musulmán. Casi nada de lo que acabo de escribir es verdad. Sólo una cosa es estrictamente cierta: soy musulmán. Si revelara mi identidad, la vida de mis seres queridos estaría en peligro. A finales de 1993, en Bruselas, donde vivían mi madre y mis hermanos, di mis primeros pasos en el islamismo radical suministrando armas al GIA argelino, uno de los grupos más sanguinarios del extremismo islámico. Mi hermano mayor, Hakim, había convertido el hogar familiar en el nucleo europeo del grupo, por donde pasaba su flor y nata.
Negocios o yihad. Yo no era como ellos. Me interesaba más el dinero que la yihad, pero comencé a admirarlos porque eran disciplinados –algunos habían estado en los campos de adiestramiento– y por la llama que ardía en ellos, su amor a Dios. También mi Dios. Por allí vi pasar a decenas de musulmanes camino de Chechenia, Argelia o Afganistán. Jóvenes que iban y venían en coches: los dejaban allí y luego los recogían. A veces, se quedaban un par de noches. Yo los envidiaba.
Una tarde subí al desván; había armas por todas partes: rifles, AK-47, Uzis, bolsas de municiones... No sabía qué hacer, tenía que echar a esos tipos de la casa de mi madre.
Dos días después fui al Consulado francés. Me sentía fatal, atormentado por la culpa. Pensaba en Hakim y en los millones de musulmanes humillados por el fracaso del mundo islámico y la arrogancia de Occidente. Pero el estómago me decía que estaba haciendo lo correcto. Sólo quería protegerme a mí y a mi familia. Así me convertí en agente de la DGSE (Dirección General de la Seguridad Exterior) francesa.
Como infiltrado, viví el secuestro, a cargo de un comando del GIA, de un avión de Air France lleno de musulmanes, el 24 de diciembre de 1994, en Argel. Los cabecillas de la célula estaban emocionados. Esperaban una masacre que atrajera la atención del mundo; sentí asco. El plan era hacer estallar el avión sobre París o contra la Torre Eiffel. Pero no sabían pilotar. Años después descubrí que muchos de los reclutas de Al Qaeda se estaban apuntando a academias de vuelo.
En marzo de 1995, la Policía realizó una gran operación contra las redes argelinas, incluyendo una redada en nuestra casa. Semanas después, yo ya estaba convirtiéndome en muyahidín en un campo de adiestramiento en Afganistán.
Un tal Bin Laden. Antes de llegar allí no había oído mencionar a Al Qaeda; tampoco a Bin Laden. Lo primero que supe, a través de un niño llamado Osama, fue que el saudí pagaba la comida del campamento. Con el tiempo descubrí que era rico y que había construido carreteras en el país. En Peshawar, la principal vía de entrada desde Pakistán, conocí a Abu Zubayda, jefe del sistema de reclutamiento para los campos y, en su día, el tercer hombre más buscado del planeta, hoy preso en Guantánamo.
Zubayda me envió al campo de Khalden, un lugar perdido entre montañas. Allí, me convertí en Abu Imam, ya que la primera regla entre los ‘hermanos’ era ocultar nuestra identidad. La primera noche pensé en los disparos que había oído ese día y en los AK-47 que llevaban los `hermanos´; pensé en lo mucho que iba a disfrutar allí. Antes de quedarme dormido, como haría todas las noches que pasé en Khalden, me obligué a recordarme que era un espía.
Mis primeras lecciones como muyahidín las saqué de un manual de adiestramiento en guerrilla urbana con el siguiente encabezado: «Estados Unidos de América». Explicaba cómo colocar minas antitanque, fabricar trampas escondiendo explosivos en cadáveres o llevar a cabo un secuestro.
La rutina no variaba: rezábamos antes del amanecer, hacíamos calistenia en el llano y luego en las montañas. A veces saltábamos, reptábamos, nadábamos en el río helado o llevábamos armas a cuestas. Un día cargamos cohetes enormes, de un metro de longitud, hasta una cumbre. A menudo corríamos descalzos; las rocas eran afiladas, así que acababa con los pies ensangrentados. Aprendí a amoldar el pie a cada roca a fin de deslizarme sin sentir nada.
Suministros infinitos. Tras la instrucción llegaba la teoría con una parada a media tarde para la oración. El primer día, misiles tierra-aire; luego, pistolas, ametralladoras, fusiles o lanzacohetes antitanque capaces de reventar un metro de hormigón o 400 milímetros de blindaje. Los suministros parecían infinitos. Debíamos conocer cada arma que existe en el planeta. También vimos todo tipo de minas, granadas y detonadores y analizamos los diferentes traumas que experimenta la víctima según la distancia a la que es alcanzada. Un día, nos enseñaron todo lo indispensable sobre explosiones nucleares. Aprendíamos de todo: a asaltar una casa y defenderla, camuflaje, vigilancia, a ayudar a los heridos, a asesinar a alguien en la terraza de un café o a clavar un cuchillo en el lugar preciso para perforar los pulmones y provocar la asfixia instantánea de la víctima. También a matar sin armas. La comida era infame; todos los días, el mismo guiso de judías. Le echaban mucha sal; necesitábamos desesperadamente los minerales. Siempre había pollos correteando por la casa de los cocineros afganos; de vez en cuando cocinaban alguno. Lo sabíamos por el olor. Los instructores repetían que en el campo de batalla no habría carne. Tras la cena había instrucción religiosa; la parte más importante, nos decían, del adiestramiento de un muyahidín.
No olvidar que soy un espía. El campamento era el lugar más democrático que he conocido. No había jerarquías, todos opinábamos sobre todo; me sentía parte de una comunidad de devoción total a Dios. Cada noche, me costaba más esfuerzo recordarme que no era uno de ellos. Recordar que era un espía.
En Khalden, me entrené a las órdenes de Ibn al-Sheij. Detenido en Pakistán en 2001 e interrogado en Egipto en 2002, Colin Powell usó sus confesiones para avalar el vínculo entre Sadam Husein y Al Qaeda. Al-Sheij habría afirmado que Irak formó a miembros de la red en la fabricación de armas químicas y biológicas. El problema es que –lo reconocerían más tarde altos oficiales de EE.UU.– Al-Sheij mintió. Según nuestros manuales, la yihad también se podía librar proporcionando información falsa al enemigo.
Una noche, uno de los hermanos preguntó cuál sería la siguiente yihad. Ibn al-Sheij no titubeó: «Irak, un país rico en petróleo con un Gobierno débil. La guerra del Golfo y las sanciones han dejado casi indefenso a Sadam. Si nos hacemos con el poder, Irán quedará rodeado».
Pasé más de medio año en Khalden, hasta que fui destinado a otro campamento: Darunta. Fue allí donde Al Qaeda comenzaría a experimentar con armas químicas bajo la dirección de Abu Jabab al-Masri, a quien también conocí.
Casi un año después de llegar a Afganistán no sabía cómo salir. Un día, Ibn al-Sheij se acercó y me dijo: «Abu Imam, has vivido en Europa muchos años y hablas varias lenguas. Eres listo, valiente e independiente. Por todo ello creemos que la mejor forma de servir a la umma (comunidad) es que vuelvas». De vuelta en Peshawar fui directo al barbero. En los campos no había espejos, casi no me reconocí. Mi barba medía 15 centímetros y mi piel estaba cuarteada y tostada por el sol.
`Londonistán´, el gran error de Occidente. Regresaba a Europa con la misión de formar mi propia célula y enviar dinero a Pakistán. Era la tapadera perfecta para desarrollar la nueva tarea requerida por mis jefes europeos: infiltrarme en `Londonistán´, como se conocía a Londres en los 90, donde los imanes radicales llamaban a los jóvenes musulmanes a la yihad global. Personajes como Abu Qutada, el Emir de Londres, inspirador del 11-M y el 11-S –Mohammed Atta, cabecilla del ataque a EE.UU., era seguidor suyo y, al parecer, los terroristas de Madrid intentaron contactar con él antes de inmolarse en Leganés–, que reclutaba abiertamente en un centro comunitario, fueron largamente consentidos. Los británicos sólo querían saber si incitaban a sus fieles a atacar Inglaterra. Lo que hicieran fuera de sus fronteras les era indiferente.
Igual ocurrió con Abu Hamza, El Gancho, a cuyos sermones asistieron algunos de los implicados en el 7-J. El incendiario imán de la mezquita de Finsbury Park, reconocible por el garfio que culmina su brazo derecho, cimentó su influencia presumiendo de haber perdido las manos y un ojo luchando en Afganistán. El episodio fue bastante menos heroico; simplemente pagó las consecuencias de una torpeza en el manejo de nitroglicerina. Cuando Hamza supo que yo había estado en un campamento, me llamó a su despacho. «Estuve con alguien que usted conoce», le dije en tono conspirativo. «Uno de mis instructores fue Assad Allah. Él me contó lo de la nitro y lo que le pasó.» Apartó la mirada y susurró: «Hermano, por favor, no le cuente eso a nadie».
Durante casi un año envié dinero, proporcionado por el MI5, a Pakistán e informé a los británicos de las interioridades de `Londonistán´. Un día aparecieron tres jóvenes musulmanes, nombraron a uno de los detenidos al que yo había delatado en Bruselas y decidí que esa etapa de mi vida había finalizado.
Mi revancha, mi `yihad´. Mi historia finaliza en Alemania, donde vivía Fátima, mi actual esposa, a quien conocí durante una breve estancia en París. El 11 de septiembre de 2001 llamé a mi contacto en el servicio de inteligencia alemán para ofrecer mi ayuda. Le dije: «Sé quién está detrás. Sé cómo son y cómo piensan. Quiero ayudar». Hubo un silencio al otro lado de la línea y luego: «Te llamaremos si te necesitamos». Nunca más supe de él. Fue el final de mi carrera como agente secreto. Cuatro años después, los atentados del 7-J en Londres me impulsaron a contar mi historia. La de un hombre que, durante siete años, asistió al surgimiento de lo que hoy se considera la mayor amenaza de Occidente.
Cuando empecé a escribir, lo que más me motivaba era la rabia. Abandonado por mis jefes, había estado viviendo en Alemania sin papeles durante cinco años, haciendo los trabajos más degradantes. Todavía dependo de los ingresos de Fátima. Ya no soy espía, pero sigue habiendo un muyahidín en mí. No he contado mi historia porque quiera salvar a Occidente de los terroristas. Me interesa más advertir al islam contra sus terribles excesos. Ahora, ésta es mi yihad.


