“Sonríe”. Una fisioterapeuta guapa mira la cara quemada de Juan Paz y le dice: “Sonríe”. Juan tiene que poner en marcha todos los músculos del rostro para recuperarlos de las quemaduras de segundo grado que padece. El caso es que Juan tiene motivos para sonreír, y ciertamente está risueño. Él y Enrique Vázquez, que está en la cama de al lado en el hospital Hamoud de Sidón (Líbano), son los dos supervivientes del pelotón que salió volando y ardiendo en su blindado el domingo 24 de junio en una carretera cerca de Khiam, en el sur del Líbano.
“Yo pensé que había reventado el motor”, explica el paracaidista español. No había fallado el motor; unos terroristas habían colocado 50 kilos de explosivo militar con aluminio en una furgoneta blanca aparcada al descuido en una cuneta de la carretera, a menos de kilómetro y medio de la Base Miguel de Cervantes, el cuartel general español en la misión de Naciones Unidas en el Líbano.
“Estaba dentro del BMR [Blindado Medio sobre Ruedas]. El compañero que iba arriba salió volando. De repente noté la explosión, un calor inmenso, un golpe. La trampilla trasera del BMR salió despedida. No sé ni cómo pude reaccionar, porque cuando pasan estas cosas es que ni te las esperas. Pasan de golpe”. Ni Juan, que está contento porque puede mover los dedos de las manos, ahora envueltas en prendas de algodón y vendadas, ni Enrique tienen aún, días después del atentado, conciencia clara de lo que ha pasado ni de que ha muerto algún soldado. Hablan de recuerdos, los compañeros tirados por el suelo, un frenético traslado a un hospital. Juan, mallorquín, y Enrique, madrileño, comparten una limpísima habitación en una planta alta del hospital, un cuarto grande y bien iluminado por el que se mueve silenciosamente la fisio, una libanesa discreta a la que molestan las cámaras. Los dos tienen la cara cubierta de una crema que da a la piel un aspecto gelatinoso. Tienen grandes quemaduras en el rostro. El barboquejo con el que se fijaban el casco alrededor de la barbilla y el pañuelo que llevaban al cuello les han preservado algunos trozos de piel sin quemar. Los dos están sedados con morfina, pero despiertos. Enrique apenas habla. Se encuentra mal; sus heridas son más graves. Se revuelve en la cama inquieto y dolorido. “Mueve el brazo”, le dice la fisioterapeuta. “No puedo, me pesa mucho”, se queja él.
Juan habla más: “¿Sois de interviú? ¡Mi prima salió en la portada de interviú! Se llama Eva. Es de Palma. Concursó en el segundo ‘Gran Hermano’”. La mente de Juan se mueve entre el recuerdo del atentado y sus preocupaciones. “Cuando explotó aquello, me puse en la posición que nos enseñan –relata–, con la cabeza entre las piernas, tapándome con los brazos”. También recuerda que, cuando estaba fuera del BMR entre llamas, vio a sus compañeros del otro blindado moverse con rapidez: “Hicieron lo que hemos entrenado una y otra vez. Primero montaron un círculo de protección y luego fueron a recogernos”. Y pasa a su preocupación más inmediata: “Yo he hablado con mi familia por teléfono, pero creo que no me han visto. No sé qué pensará mi madre cuando vea estas fotos”.
Todo indica que Enrique, Juan y sus seis compañeros muertos fueron objetivo de Al Qaeda, pero ningún grupo ha reivindicado aún esta matanza que ha conmocionado en España y en el Líbano. No porque la violencia no forme parte de la realidad de este país asolado hace menos de un año por una guerra con Israel, por otra parte sólo la octava en los últimos treinta años. Un país donde vuelan a los primeros ministros y a la oposición, o donde estos días el ejército combate con artillería pesada en el norte (a sólo unos doscientos kilómetros del área de responsabilidad española) a un grupo extremista llamado Fatah al Islam, emparentado con Al Qaeda. Pero sucede que en el año de aplicación de la resolución 1701 de la ONU y la entrada de las fuerzas internacionales de UNIFIL (siglas de su nombre en inglés, United Nations Interine Forces in Lebannon), la paz había vuelto al sur del río Litani, donde no hay Estado libanés y gobierna el Partido de Dios, Hezbolá. Los guerrilleros que derrotaron a Israel hace un año han desaparecido, han guardado armas y uniformes y conviven pacíficamente con las fuerzas de interposición de la ONU, los cascos azules. A Hezbolá interesa menos que a nadie atacar a quienes lo protegen de Israel. De hecho, el partido, que suplanta al Estado en la zona, ha puesto en marcha su propia investigación del atentado. Hezbolá gobierna aunque sólo se ven los carteles de sus mártires. Activistas de la organización llaman a capítulo a los vecinos, granjeros y posibles testigos, y los están interrogando clandestinamente en las cercanías de Khiam, a menos de dos kilómetros del cuartel general español de Blat.
Hezbolá teme la llegada de Al Qaeda, que les quite el cartel de verdaderos combatientes contra el sionismo, el cristianismo, América y sus cruzados (entre los que se encuentra, según Al Qaeda, España). Desde su cama de hospital, Juan explica que, al margen de las penalidades de patrullar con 40 grados en un blindado con chaleco, casco, arma y munición de guerra, estaban bastante tranquilos en el reino de Hezbolá. Por eso era difícil que sospecharan del Renault que pasaron por la derecha la tarde del domingo, la furgoneta que había aparcado alguien que después huyó en un Mercedes, media hora antes de la explosión. “No puedes sospechar de cada coche o cada persona que ves. Es imposible”, explica un miembro de destacamento español. “Además que de verdad era inesperado algo así”, dice el portavoz de las tropas españolas. De hecho, los investigadores tardaron en darse cuenta de que se trataba de un coche bomba, porque éste se volatilizó. La evidencia llegó al encontrarse una matrícula tirada en el descampado cercano al lugar de la explosión. La temperatura en el interior del BMR fue descomunal, lo que lleva a los tedax a pensar que el explosivo, de impensable capacidad destructiva (un BMR está blindado contra balas y granadas y pesa 14 toneladas), tenía un componente de aluminio, que multiplica su poder calorífico. El Gobierno libanés atribuye el origen del explosivo a un paso clandestino de armas con la frontera Siria, su implacable rival.
Confusa evacuación
Además de la explosión de la bomba terrorista, los heridos (dos de los soldados que han muerto fallecieron al ser trasladados por la gravedad de su estado) sufrieron además otra explosión, la de un lanzagranadas C-90 que llevan consigo como dotación de pelotón de infantería ligera. Aunque iban acompañados por otro BMR, fueron soldados libaneses quienes atendieron a los heridos españoles y los llevaron, en lugar de a la base Miguel de Cervantes, al hospital civil de la vecina localidad de Marjayhún. Luego, desde allí, Juan y Enrique, los supervivientes, fueron en helicópteros de UNIFIL a la lujosa clínica privada de Sidón, el Hamoud Hospital. El cuartel general español sólo dispone de un centro de atención urgente (ROLE-1), mientras que el centro médico con capacidad para operar (ROLE-2) está en la misma base, pero es del ejército chino, también encuadrado en la misión UNIFIL. Aunque desde el contingente se insiste en lo inesperado de este ataque, desde enero había advertencias sobre movimientos de Al Qaeda en la zona, y desde mayo la advertencia se hizo aún más seria, provocando que se elevara el nivel de alerta para las tropas. Según ha podido saber interviú, Hezbolá, que mantiene contactos informales con oficiales españoles, se enfadó mucho cuando descubrió que la sección de inteligencia española estaba vigilando y fotografiando a los mandos locales del Partido de Dios. Hezbolá manda en un territorio delimitado al norte por el río Litani y al sur con la Blue Line, la frontera pactada de mala manera con Israel. “El Estado libanés aquí ha desaparecido, sólo se ha ocupado de nosotros la resistencia, que atiende a la población y la ha defendido con las armas”, explica Mowenes Kalakech, el director del hospital de Marjayhún, donde se atendió a los heridos españoles. “La gente no tiene miedo, hemos vivido la guerra hace sólo un año, queremos la paz, y mientras estén los españoles la habrá”, explica este espigado doctor formado en Francia.
Es difícil que la gente de Khiam –sede de una terrible cárcel israelí durante la ocupación del Líbano en los años 80–, Marjayhún o Chebaa tenga miedo a un explosión, por más que haya matado a seis chicos de uniforme de 20 años. Por aquí, en el valle del Metula, irrumpieron las brigadas acorazadas de tanques Merkawa del Tsahal israelí hace sólo un año. Y los guerrilleros de Hezbolá los detuvieron. No hay, aparentemente, _ suras en este territorio de mayoría chií. En el territorio que controlan las tropas españolas –sudeste libanés– hay dos aldeas suníes –la corriente islámica mayoritaria en países como Arabia Saudí– significadas.
Lucha por las granjas
Todas las semanas la unidad de cooperación cívico-militar (CIMIC) de la brigada española va a parlamentar a Chebaa, el foco suní más importante. Este pueblo montañoso de 5.000 habitantes tiene un largo y doloroso contencioso con Israel, según cuenta el periodista local Mohamed Marquise: las granjas de Chebaa. Los israelíes arrebataron feraces tierras y granjas a los de Chebaa en la guerra de 1968. Pancartas y ametralladoras en la frontera lo recuerdan. Aquí se originó la última guerra cuando un grupo de Hezbolá se emboscó y colocó una mina al paso de una patrulla israelí. Capturó a tres soldados del Tsahal, lo que originó la represalia e invasión israelí.
Alí Yuhyo es la cabeza visible de Hezbolá en el lugar, aunque él, igual que el doctor de Marjayhún, insiste en llamarlo “resistencia”. Antiguo preso en Khiam, es el jefe de la escuela y de la promoción y formación de la mujer en la comarca. Alí es partidario de la presencia española y cree que la bomba “la pusieron Israel y sus aliados americanos, que quieren aquí un nuevo Irak”. El alcalde del pueblo, Omar Kasem, está más sosegado. Anciano venerado en la comarca, agradece la presencia de los españoles “porque nos protegerán de los israelíes”. Está convencido de la inocencia de su gente: “Quien puso la bomba no puede ser del sur del Líbano”.
Chebaa es uno de los lugares más visitados por los servicios de inteligencia españoles. Tras la cara amable del venerable Omar Kasem hay informes que hablan de otras tendencias. En medio de un paisaje rocoso, de ovejas, pastores y gente curtida con ropa de trabajo, la figura blanca e impoluta de un imán aletea por el pueblo, cargado de panes ácimos. Marquise se acerca con reverencia: “Scheik [jeque], por favor, ¿quiere hablar con nuestros amigos españoles?”. “Yo sólo hablo de religión, no tengo nada que decirles a esos señores, por tanto”, responde envuelto en su aura blanca de gorro de hilo y chilaba refulgentes. Se va.
Blanco, aunque no limpio, es el color de todos los vehículos de UNIFIL en el lugar. Manchados de barro, ya manchados de sangre. Seis muertos es un golpe duro para estas tropas de cascos azules repartidas en decenas de mínimas instalaciones en un territorio mucho más pequeño que La Mancha española. Para una población de unas 20.000 personas hay 15.000 soldados libaneses y unos 13.000 bajo la bandera de la ONU. La mañana del atentado, la ONU había dado las medallas por tres meses de misión a los miembros del contingente español. Juan, Enrique y sus seis compañeros muertos no pudieron estar en el acto porque estaban destinados en la posición avanzada 966, llamada también Tell Nahss. Hoy unas medallas rojas y blancas, de aspecto antiguo, adornan las sábanas de sus camas de hospital. Es la que da el Ejército libanés a sus heridos, “que derramaron la sangre por nuestra tierra”. En un espejo, Juan acaba de verse la cara por primera vez después del atentado: “Joder, qué impresión, estoy hecho un asco”, dice. “Ya eras feo”. Siguen las bromas. Cae una lágrima, que le seca el sargento, y Juan dice que es por las quemaduras. “Por lo menos me puedo levantar para mear. Dejé a la novia antes de venir para que no hubiera problemas; quiero irme a casa, mi sargento”.