En 1978 Aldo Moro, líder de los democristianos italianos, fue secuestrado por el grupo terrorista Brigadas Rojas y finalmente ejecutado. Moro estaba a punto de formar una coalición de gobierno con los comunistas.
La viuda del político acusó al partido de su esposo, la Democracia Cristiana, de haber aprobado su asesinato, al tiempo que recordaba la advertencia que le había hecho el todopoderoso Henry Kissinger, ex secretario de Estado norteamericano y asesor de diferentes presidentes de EE UU: «Si prosigue con su intención de formar gobierno con el Partido Comunista, esto le acarreará funestas consecuencias para su persona».
Francesco Cossiga, ex presidente de la República y de los demócratas cristianos, realizó ante las cámaras de la BBC estas declaraciones: «En las filas del partido todavía pesa el haber sacrificado a Moro para salvar a la República». Alberto Franceschini, fundador de las Brigadas Rojas, reconoció que su organización carecía de la capacidad operativa para secuestrar a tan importante político en pleno centro de Roma.
En este sentido, el coronel de la CIA Oswald Winter confesó públicamente que tanto en las Brigadas Rojas como en la banda Baader Meinhof alemana se habían infiltrado agentes secretos de diversos servicios. Los terroristas italianos en la época del asesinato de Moro, según Winter, estaban a las órdenes del general Santovito, jefe de los servicios de inteligencia italianos. Además, en el lugar donde murió Aldo Moro se encontró una estampa del grupo de los servicios secretos italianos que se encargaba de reclutar a los «gladiadores».
Por otro lado, en la agenda del terrorista de las Brigadas Valerio Morucci, las autoridades descubrieron los nombres de varios altos cargos del espionaje italiano, como el de Giovanni Romeo. Todo apunta a que las Brigadas Rojas estaban controladas por algunos personajes de los servicios secretos; cuestión que no debe sorprendernos, pues el jefe de la policía política italiana, Umberto D'Amato, reconoció en su momento que controlaba las acciones de un grupo revolucionario maoísta desde 1972, gracias a varios de sus agentes que habían conseguido infiltrarse en el mismo.
Según Vinciguerra, uno de los personajes principales en la trama Gladio era Lucio Gelli, espía de los servicios secretos fascistas italianos durante la II Guerra Mundial y luego destacado agente de la CIA en Europa. El nombre de Gelli se hizo popular cuando las autoridades italianas descubrieron en 1981 que era el líder de la logia paramasónica Propaganda-2, epicentro de toda una serie de casos de corrupción y tráfico de influencias.
A la logia pertenecían docenas de generales, jueces, jefes de los servicios secretos, políticos, ministros o empresarios. En 1980 una bomba estalló en la estación de trenes de Bolonia, matando a 86 personas. Se culpó del atentado a una célula anarquista, pero seis años después el informe de la investigación oficial apuntaba otra explicación: la existencia de un gobierno invisible en Italia, controlado por los servicios secretos y algunos políticos que manejaban a su antojo a determinados grupos terroristas, tanto de extrema izquierda como de extrema derecha.
En 1990 los socialdemócratas alemanes y François Mitterrand, presidente de Francia, denunciaron la existencia en sus países de ejércitos secretos, ligados a los servicios de inteligencia occidentales. Giulio Andreotti, líder entonces de los democristianos italianos, acusó al socialdemócrata François Mitterrand de mentir cuando dijo que desconocía la existencia de Gladio, pues el gobierno francés y el alemán se habían reunido en secreto para tratar el asunto.
Fuente:
http://error98.blogspot.com/2007/08/red ... stado.html
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